Probablemente, desde que el Dobermann fuera utilizado por las SS durante la Segunda Guerra Mundial, se le considera una especie de beldad de reacciones imprevisibles e incontrolables, capaz de agredir incluso al propietario. Esta injustificada y demasiado difundida leyenda, ha hecho que la fama de este maravilloso perro decaiga, como recientemente ha sucedido con otras muchas razas.
El dobermann es un óptimo perro de defensa y de guardia. Existe la tendencia a creerlo demasiado agresivo, pero es tan solo un perro que sabe hacerse respetar y que sabe defender a su dueño con la propia vida. Presenta un afectuoso apego, en particular hacia los niños, así como una natural desconfianza hacia los extraños, mucho equilibrio y una dosis normal de reflexiva agresividad. Lo necesario, incluso indispensable, en un perro que no solo debe ser una hermosa muestra por su innegable atractivo, sino que debe defender a su propietario, sus familiares y sus bienes.
Todavía resulta mucho más ofensiva la afirmación de los detractores del dobermann que aseguran que, a medida que va creciendo, sufre un engrosamiento de los huesos craneanos, de modo que el cerebro, comprimido, hace que el perro reaccione de manera anómala pudiendo llegar incluso a enloquecer. Respecto a esta aseveración, encontramos la opinión del profesor Danilo Mainardi, titular de la Cátedra y Laboratorios de Biología General de la Facultad de Medicina de la Universidad de Parma: “...En realidad no existe ninguna forma de patología de comportamiento propia y característica del dobermann, que indudablemente, es un perro normal en el ámbito de las razas seleccionadas para la defensa. Puede ocurrir en todas las razas, que con la llegada de la ancianidad aparezca una cierta irritabilidad, siendo totalmente absurda la idea de que la caja craneana pueda oprimir el encéfalo en individuos desarrollados normalmente. En todo caso, ésta es tipo de patología que se puede dar en ejemplares muy jóvenes por carencias vitamínicas graves, pero que no es característico del dobermann.”.
Son muy pocas las razas de perros tan adecuadas para la vigilancia como es el dobermann. Dotado de gran desconfianza hacia todo lo extraño, su vigilancia es infatigable, su mirada viva escruta sin cesar las proximidades para poder prevenir a su propietario de todo eventual peligro. No conoce el miedo. Podría parecer que este perro tiene un carácter un tanto prepotente, pero nada más lejos de la realidad, ya que a pesar de su prestancia física nunca ataca al más débil.
En cuanto a sus cualidades morales, señalaremos ante todo su gran fidelidad. De un modo especial debemos citar su incorruptibilidad. Él pondrá su vida en juego gustosa y espontáneamente cuando se trate de defender al dueño o a su familia.
En cuanto al carácter, es especialmente llamativo la gran diferencia entre un macho y una hembra. Una dobermann es una estupenda perra de familia, dócil y muy afectuosa, incluso hasta en exceso. Es muy sensible y es necesaria una mano delicada para dirigirla y adiestrarla. El macho es ardiente, impetuoso, siempre a punto para ladrar, rapidísimo en la ejecución, consciente de su propia fuerza, muy inteligente y necesitado de una mano enérgica y sabia. No acepta ser golpeado injustificadamente. Es un compañero pero nunca un criado. Es necesario hacerle comprender desde el primer día quién es el dueño y esto debe hacerse con inteligencia, nunca con violencia ya que si se le golpea creerá que se le invita a la lucha y estará predispuesto a ella.
El doberman es un perro excepcional y quien sepa conquistarlo poseerá no solo un gran perro de defensa, como es conocido universalmente, sino también un extraordinario perro de compañía.